Lima Declaration
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The Papers
Reflexiones Económicas Y Políticas
Sobre La Corrupción
Antonio Garrigues Walker
- La primera advertencia, la más seria, la más inquietante, se puede resumir
diciendo que la lucha contra la corrupción va a ser tan larga, tan difícil y tan
peligrosa como la propia lucha contra la droga, dos luchas íntimamente
entrelazadas. La corrupción se ha convertido, en efecto, en una potentísima
droga moral que puede llevarnos y que de hecho nos está llevando a situaciones
límites cercanas al caos. Hemos entrado en una era histórica de un
cierto enriquecimiento lento general; la pavorosa crisis ideológica; el descenso
galopante de los valores morales, espirituales y religiosos; la angustia ante la
aceleración de los cambios; el exceso de agresividad competitiva; el llamado
peligro a desaparecer de la escena; la torpe y cómica obsesión por el consumo y
la apariencia, y otros factores similares y derivados, han implantado el cinismo
y el pragmatismo insolidario como la filosofía básica. "Puesto que todo vale,
nada vale" podría ser el lema de la sociedad actual. Lo paradójico es que, al
mismo tiempo, todos tenemos una mala conciencia general, un sentimiento equívoco
de que no hacemos lo que deberíamos y una dolorosa convicción de que estamos
actuando irresponsablemente.
- El fracaso del marxismo como método de análisis
de la realidad y como sistema político está teniendo consecuencias mucho más
profundas de las que imaginábamos. El capitalismo democrático ha sobrevivido
hasta el momento porque en ninguna de sus distintas fases ha pretendido
asentarse sobre bases filosóficas rígidas, y además porque ha sabido utilizar y
manipular con inteligencia los planteamientos morales manteniendo una tolerable
tensión entre el ser y el deber ser sin asumir, en ningún momento, una
aspiración utópica terrenal que fue la gran promesa fallida del marxismo. El
capitalismo democrático -nos guste o no- va a ser la única ideología, o por
mejor decir, el único sistema que va a prevalecer en esta fase de la historia.
Pero, paradójicamente, la muerte del marxismo va a acelerar el desarrollo de las
famosas contradicciones internas del capitalismo en todas sus manifestaciones,
tarea que siempre ha realizado con sorprendente eficacia, pero en este momento
historico, ese ajuste puede llegar a alterar esencialmente tanto sus
características como su funcionamiento, hasta hacerlo irreconocible. La
victoria del capitalismo puede acabar siendo una victoria pírrica, y con el
tiempo, una derrota esplendorosa.
La terrible soledad del capitalismo como sistema predominante, como sistema
hegemónico va, por de pronto, a elevar dramáticamente los niveles de exigencia
en cuanto a calidad en el terreno político y en cuanto a pureza y transparencia
del mercado, en el terreno económico. Por muy confusa y domesticada que parezca
estar, la ciudadanía no va a aceptar impasible una degeneración tan brutal y tan
necia del sistema. En algunos países, la opinión pública ya ha dicho "basta" y
ese mismo grito se va a escuchar muy pronto en todos los países. El estamento
político, el económico, el religioso, tendrán que reaccionar de inmediato si
mantienen su pretensión de cumplir su papel en la sociedad. Es cierto que todos
somos culpables del crecimiento geométrico de la corrupción, ya sea por omisión,
por acción, por cobardía, por temor, o en cualquier otra forma. La culpa es, en
efecto, un poco de todos, como nos gusta decir en los países latinos. Pero la
responsabilidad más grande, la más incuestionable, la más exigible, tiene que
recaer, sin piedad, sobre las clases dirigentes, sobre esas minorías selectas de
las que hablaba Pío Baroja, o sobre lo que los anglosajones denominan el
establishment. Y es ahí, justamente, en ese grupo social, donde estamos
viviendo el más triste y doloroso espectáculo de avaricia, de insensibilidad
social, de abuso de todos los poderes, grandes y pequeños, de tolerancia cuando
no encubrimiento de los desmanes de sus colegas y de hipocresía rampante y
desvergüenza en todas sus formas. Hay, sin duda, excepciones maravillosas y
gratificantes. Pero son eso: excepciones. No son, en verdad, muy numerosos los
líderes que asumen la obligación de generar ejemplaridad, de convertirse en ese
espejo del "mejor yo" en el que, según el poeta Shelley, quieren verse los
ciudadanos.
- La ética no es solo una cuestión que atavíe a la doctrina moral o al
comportamiento religioso, sino una condición sine qua non para la eficacia del
sistema. Si la corrupción se institucionaliza, el colapso es inevitable. Tanto
por dignidad como por pragmatismo tenemos que iniciar un proceso de regeneración
ética que nos permita salir de esta sociedad que, como ha denunciado con
maestría Gilles Lipovetsky, nos conduce al imperio de lo efímero, reduciendo a
un mínimo el sentido del deber y justificándonos hipócritamente con éticas cada
vez más indoloras. El grave problema de nuestra sociedad no está sólo en el
nivel de corrupción, por alto que sea, sino, más bien, y de forma principal, en
la absoluta falta de respuesta y de reacción frente al fenómeno, tanto a nivel
individual como colectivo e institucional. 0, en otras palabras, el problema no
está sólo en los que abusan, roban, defraudan o engañan, sino también en los que
se rasgan las vestiduras ante tamañas indignidades pero que luego tratan con
gran deferencia y respeto o, incluso, con repugnante servilismo, a las personas
que las cometen.
Un proceso de regeneración ética debe pasar mínima y
necesariamente, por las seis claves siguientes:
- La tipificación como delito de
una serie de actos que las leyes no pudieron contemplar en su momento histórico,
y la creación de sistemas preventivos de la corrupción siguiendo el modelo
anglosajón, que ha demostrado, en general, ser el más eficaz.
La denuncia y el
desnudamiento de los casos concretos de corrupción, su aireación sin trabas ante
la opinión pública y su investigación administrativa, judicial y política. Los
medios de comunicación van a tener que cumplir un papel decisivo cuidando de no
caer en sectarismos políticos o gremiales, y controlando el riesgo de corrupción
en los profesionales.
- La lucha radical y sin reservas contra el fraude fiscal,
la droga y las técnicas de blanqueo del dinero. Algún día tendremos que
decidir en el mundo Occidental, que los paraísos fiscales y monetarios tienen
que desaparecer desde ya, o funcionar sobre bases radicalmente distintas.
- La limitación del peso del Estado en la vida civil, la reducción de los poderes
discrecionales y el establecimiento de sistemas que garanticen la honestidad y
la transparencia en las contrataciones administrativas y públicas.
- La incorporación de la ética a los planes de estudio, a todos los niveles. Tenemos
que empezar a corregir las deformaciones mentales que hemos producido en los
jóvenes con nuestros hábitos de comportamiento.
- El control estricto de los
gastos de funcionamiento y electorales de los partidos políticos. El costo
operativo de estos partidos es pura y simplemente una aberración que debe ser
eliminada sin pérdida de tiempo y sin contemplaciones. Si no forzamos a los
partidos políticos a funcionar democráticamente, a renunciar a fórmulas ilegales
de obtención de fondos, y a vigilar el comportamiento moral de sus dirigentes,
será muy difícil mejorar el penoso ambiente en que vivimos. En este tema
empieza ya a circular la idea de que una posible salida podría estar en el
"borrón y cuenta nueva" con respecto a delitos relacionados con la financiación
de partidos políticos. No está nada claro que ésta sea la mejor solución, pero
aún cuando lo fuera, antes de aceptarla, habría que -además de regular la
financiación- reclamar a los tres poderes -el Legislativo, el Ejecutivo y el
Judicial- que se comprometan a luchar contra la corrupción con más imaginación,
con mucha precaución y prudencia. La historia demuestra que en algunas
situaciones, los políticos tienden a recubrirse con la bandera del interés
nacional para encubrir sus intereses corporativos e incluso comportamientos
indignos. Es cierto que en algunos países, y entre ellos Francia e Inglaterra,
que son países indudablemente democráticos, se intentó esta vía con éxito, pero
de un lado, ya hemos visto lo poco que se ha mantenido el buen efecto y de otro,
hay que tener en cuenta que los tiempos han cambiado y la ciudadanía, con todo
derecho, podría reaccionar mucho más agresivamente que en aquel entonces.
- El empresariado debe ser uno de los estamentos más interesados en poner en marcha
un amplio proceso de regeneración ética que devuelva al sistema y a la vida
económica su capacidad de desarrollo normal, sin los argumentos de que "todo el
mundo lo hace" y "que peor es cerrar la empresa". Las nuevas regulaciones sobre
responsabilidades de consejeros y directivas por incumplimientos fiscales,
laborales, financieros, medioambientales y otros, pueden ser una buena base de
partida. Las empresas y los empresarios necesitan un ambiente más limpio, una
atmósfera más respirable, imponiéndose y aplicando estrictamente códigos de
comportamiento ético al estilo anglosajón. Reducir el hombre al "homo
economicus" seria tanto como volver al "homo cavus".
- Tenemos que empezar a contrarrestar desde ahora mismo, ciertas inclinaciones y tendencias, a
poner en cuestión la capacidad del propio sistema democrático para afrontar la
corrupción y otros problemas que inquietan a la sociedad actual. Empieza a
detectarse, a muchos y distintos niveles, un alto grado de desconfianza sobre la
viabilidad de un proceso de regeneración partiendo de las bases actuantes y
aunque todavía no se habla claramente de soluciones autoritarias, se hacen
manifestaciones que las implican inequívocamente. La misma comparación entre el
grado de corrupción actual y el de otras épocas anteriores no democráticas,
carece de validez y tiene connotaciones que deben ser evitadas aunque sólo sea
para no alentar a los partidarios de soluciones simplistas y radicales. Tenemos
el mejor sistema político para afrontar estas situaciones si lo dejamos que
funcione sin excesivas interferencias. Ocupémonos de que así sea recordando una
vez más que los problemas de la democracia sólo se corrigen con más democracia,
nunca con menos. Si no somos capaces de asumir esta obligación, no tendremos
demasiado derecho a un futuro digno.
- El comportamiento internacional de los
países ricos alcanza límites de hipocresía y de doble moral verdaderamente
intolerables. Siguen existiendo, por ejemplo, muchos países - Alemania y Japón
entre ellos- en los que, a pesar de las resoluciones de las Naciones Unidas en
esta materia, a pesar de los esfuerzos de la OCDE, el soborno y el pago de
comisiones o compensaciones ilegales en países extranjeros no sólo está penado
sino que reciben un trato fiscal favorable en tanto en cuanto se presenta como
un sistema eficaz para aumentar la actividad económica de las empresas de esos
países.
James Wolfensohn, Presidente del Banco Mundial, viene reiterando, en
este sentido, que el "cáncer de la corrupción desvía los recursos de los países
pobres a los ricos, aumenta el costo de la actividad económica, distorsiona el
gasto público y aleja a los inversores extranjeros serios". A ellos hay que
añadir la existencia de 91 paraísos fiscales y no menos de 150 formas conocidas
de blanquear dinero negro que vienen siendo practicadas sin la menor dificultad
y sin el menor riesgo. A veces se tiene la sensación de que el mundo se está
convirtiendo en un enorme casino donado por mafiosos y especuladores.
La Octava
Conferencia Internacional Anticorrupción ofrece la oportunidad de afrontar esos
temas con un mínimo de coherencia intelectual y de coraje social y políticos.
Sería sumamente positivo que se llegara a resoluciones y a decisiones que
comprometieran a todos los países, pero de forma muy especial a aquellos que
están en condiciones de adoptar medidas concretas empezando por temas como la
financiación de los partidos políticos, las contrataciones públicas, el papel de
los medios de comunicación, la educación ética y la creación de organismos
internacionales especializados en estas cuestiones.
- Un tema especial será sin duda la relación entre pobreza y corrupción,
especialmente ahora que se han puesto de moda los ensayos sobre las culturas que
favorecen o dificultan el progreso y el crecimiento económico y el especial
papel de las religiones y de las iglesias en estos procesos. El sociólogo
americano Lawrence Harrison, en una reciente intervención en Valencia,
proclamaba como culturas progresistas el protestantismo y el confucianismo y
como regresivas el catolicismo, el islamismo y el budismo, en tanto en cuanto
estas últimas se resisten a pensar en términos de futuro, conciben el trabajo
como una maldición, anteponen los intereses de la familia o el clan al interés
general de la sociedad y toleran una penetración excesiva de la religión en la
sociedad civil. A conclusiones similares llegan Francis Fukuyama en su último
libro "Trust" y Alain Peyrefitte en "La sociedad de confianza", un libro
interesante en el que se dedican dos capítulos a España en donde se mencionan
como características clásicas, el menosprecio de la actividad productiva y el
desarrollo de una "sociedad de suspicacia" que ahoga la libre empresa, la
iniciativa privada y la competencia innovadora.
Merecerá la pena profundizar en
estos análisis porque la situación empieza a ser cada vez más intolerable y cada
vez más insostenible. Se acaba de publicar una encuesta en Norteamérica que
revela que casi un 75% de la población piensa que el problema de la desigualdad
entre países ricos y pobres y entre ciudadanos ricos y pobres de un mismo país,
no sólo se corregirá sino que continuará aumentando. Tenemos que demostrar con
hechos que están completamente equivocados. En otro caso, -démoslo por
seguro-la baraja se romperá en mil pedazos.
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