Lima Declaration
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The Papers
El Parlamento y la Lucha Contra la
Corrupcion
Carlos Baraibar
El Parlamento y la Lucha Contra la Corrupcion
Señor Presidente de la VIII Conferencia Anticorrupción, señores organizadores de
este encuentro, autoridades, parlarmentarios, invitados especiales; señoras y
señores: no quiero iniciar esta intervención sin expresar nu satisfacción por
las contribuciones que se están haciendo en esta conferencia. Instancias como
esta nos ayudan a tomar conciencia de la magnitud del problema, nos enseñan a
mirarlo desde distintas ópticas, nos descubren diferentes facetas que hacen más
efectiva la lucha en cada uno de nuestros países, facilltan la coordinación de
los esfuerzos y nos abren nuevas perspectivas.
Suele sostenerse que la corrupción es algo inherente a todas las sociedades y
épocas. Con ciertas precisiones, la afirmación es indiscutible, pero cuando,
independientemente de intenciones, se la utiliza para atenuar el impacto que
sobre la opinión pública tienen las denuncias de actos ilícitos, no deja de ser
una peligrosa simplificación del fenómeno.
Empecemos diciendo que no todas las sociedades facilitan en el mismo grado
dichos actos. No todas están indefensas frente a ellos. Tampoco todas las formas
de corrupción tienen la misma gravedad ni ocasionan los mismos daños a la
sociedad, aunque todas deban ser repudiadas y combatidas.
La oleada de hechos de corrupción registrados en los últunos años en nuestro
continente, que incluso han detenninado la destitución de jefes de gobierno y
provocado estados de verdadera conmoción pública, no obedecen únicamente a la
magnitud de esos hechos sino, en no despreciable medida, a que los mismos han
alcanzado estado público, han podido difundirse en los medios, han sido
debatidos en los parlamentos y han pasado a la órbita de la justicia civil.
Las condiciones de la democracia, más allá de las insuficiencias, materias
pendientes y trabas que ella aún tenga en muchos de nuestros países, han
posibilltado que el tema empiece a ser asumido como uno de los más grandes
desafios. La democracia y el combate a la corrupción van de la mano. La
profundización de la democracia hace más efectiva la lucha contra la corrupción,
y las victorias que se obtengan en este terreno contribuirán a ahondar y afirmar
la democracia.
Estamos ante un problema de larga data en América Latina, que esttivo oculto
bajo las redes de impunidad, terror y mentira tejidas por las viejas tiranias
"bananeras" o por las dictaduras de las décadas de los años 70 y 80, o que fue
prohijado por las diversas modalidades de clientelismo político practicadas o
toleradas desde determinados sistemas de partidos (con frecuencia bajo las
formas de uni o bipartidismo que actualmente están en crisis en varios países de
nuestro continente).
Hoy ei tema de la corrupción posee nuevas resonancias, trasciende el rumor para
instalarse en los ámbitos en que puede ser juzgado. Esto no quiere decir que la
importancia y la magnitud de los actos de corrupción sean menores o menos
peligrosos. Al contrario, ahora sabemos más sobre la corrupción, por lo que
nuestras responsabilidades, como ciudadanos y como gobernantes, son mayores.
Baste pensar en el inmenso daño económico y moral que para un Estado supone la
implicancia de funcionarios públicos, incluyendo gobernantes, en el
narcotráfico, uno de los mayores flagelos de la actualidad.
Hay, además, una suerte de globalización del tema de la corrupcion, consecuencia
de la nueva situación mundial y de la dimensión internacional que tiene la
corrupcion, como lo pone de manifiesto la muy ampfia composición de esta
conferencia y la participación en ella de especialistas de todo el mundo.
Existen áreas muy sensibles, como el sector de compras públicas internacionales,
la venta de empresas estatales a multinacionales o la gestión de organismos
financieros en perjuicio de los dineros públicos.
La interrelación mundial de la producción, el comercio y las finanzas ha
determinado cadenas de responsabilidades muy grandes. Con frecuencia, si hay
fimcionarios y gobernantes de los países del Sur sobornables es porque desde el
Norte se les soboma. La corrupción también forma parte de la globalización, y
global debe ser la lucha contra ella. Con esto no estoy más que reafirmando la
importancia de reuniones como esta "VIII Conferencia Anticorrupción" y la
coordinación de esfuerzos a escala continental y mundial para hacer frente a
este grave problema.
Experimentamos un sentimiento contradictorio: de optimismo por los avances hacia
una nueva conciencia colectiva para enfrentar la corrupción, y de asombro y
pesadumbre ante la magnitud con la que ella se sigue manifestando.
Claro está que ei problema no es el mismo para un pais donde la sociedad
democrática preserva sus reservas para afrontar esta batalla, que para una
nación donde la corrupción alcance un carácter sistemático y se instale en los
niveles superiores de gobierno.
Hemos afirmado que la efectividad en el combate a la corrupción y la
profundización de la democracia van de la mano. Pero además de las libertades
políticas, las garantías del ciudadano, el funcionamiento democrático del
sistema político, la independencia efectiva de los tres poderes del Estado y la
libertad de prensa, es necesario reivindicar ei conjunto de valores que hacen a
una efectiva elevación de la condición humana como garantia de que nuestros
pueblos puedan superar este flagelo, que nos agrede en lo material y en lo
moral.
La lucha anticorrupción se abre paso en aquellas sociedades en las cuales,
además de la reafirmación democrática, se avanza hacia la justicia social, la
libertad, la solidaridad, la defensa del trabajo creador y de la producción, la
afirmación de los derechos humnanos concebidos como un complejo integral e
indivisible, del respeto a la vida y a la dignidad de las personas, grandes
valores que están hoy lesionados. No podemos olvidarlo al hablar de corrupción.
La aplicación de políticas económicas y sociales que ahondan la brecha entre
ricos y pobres, haciendo cada vez más desigual el punto de partida de los
ciudadanos, que niegan derechos básicos o colocan a las grandes mayorias en la
incertidumbre sobre su futuro, en un cuadro mundial de crisis cuyas causas no es
este el momento de analizar, generan condiciones en las que la corrupción puede
desenvolverse con más facilidad. Debilita las defensas éticas y morales de la
sociedad toda situación que apareje la degradación del ser hurnano, el egoismo,
el individualismo, la desconfianza en la propla razón y en el progreso
cientifico y técnico -cuyos frutos aparecen muy lejos de amplios sectores
sociales-, la inseguridad, la falta de perspectivas, la crisis de viejos modelos
de sociedad que ya no constituyen estímulos para el trabajo, la producción, la
superación individual y colectiva.
¿Cómo no reconocer en esta crisis de valores un terreno fértil para las
prácticas corruptas? ¿Cómo creer que la corrupción no es estimulada
cuando la solidaridad social es avasallada por el individualismo exacerbado, por
la indiferencia ante la suerte del prójimo, por el consumismo (y la frustración
que suele acompañarlo), por la ausencia de metas, por el sentimiento de
frustración y de fracaso mezclados con el resentimiento? ¿Cómo nos
aseguramos contra la corrupción con funcionarios de la administración pública,
de la justicia o de la policía que no son estimulados en sus carreras y que
ganan sueldos con los cuales, todo el mundo sabe, no pueden vivir?
Pero estamos lejos de creer que esta situación es irreversible. Somos
optimistas, racionalmente optimistas. Todos podemos ver las reservas de nuestras
sociedades, la capacidad de los pueblos para derrotar dictaduras, para imponer
condiciones que obligaron a la destitución de presidentes, al procesamiento y
encarcelamiento de ministros y jerarcas de instituciones públicas o de grupos
económicos con poder. Ser conscientes de que falta mucho, de que recién estamos
iniciando un camino, no significa desconocer sus potencialidades, sus
posibilidades.
Creemos firmemente que, aunque ciertas formas periféricas y "manejables" de
corrupción sigan siendo muy difíciles de combatir, la cultura de la corrupción -
el amoldamiento del ciudadano a ella-puede ser derrotada. Será un proceso largo,
complejo, que requerirá medidas concretas -como muchas de las que aquí se han
planteado-, pero que sólo avanzará efectivamente si es parte de un proceso
económico, social y político que apunte a la justicia social, el desarrollo
sostenible, la creciente participación ciudadana y la democracia que con tanto
esfuerzo han venido conquistando y reconquistando los pueblos latinoamericanos.
La corrupción sólo será derrotada en una sociedad que nos eduque en los más
altos valores. Que nos eduque en torno a la idea de que el progreso material,
cada vez más imprescindible para nuestros países y pueblos, no se contrapone
sino que se complementa y requiere de los valores éticos y morales de la
solidaridad y de la justicia.
Pero la lucha contra la corrupción exige criterios, procedimientos y medidas
específicas a aplicar desde ya. Que creamos en una sociedad que pueda cambiar
para destruir las principales bases económicas, sociales y políticas de la
corrupción, no significa que propongamos para hoy cruzarnos de brazos o
limitarnos a la mera denuncia. Al contrario, somos por principio contrarios a
cualquier contraposición entre los fines y los medios. La gran lucha contra la
cultura de la corrupción, contra las condiciones que la facilitan, está formada
por mil batallas, sistemáticas, dadas en diferentes planos.
Me interesa subrayar que ei Parlamento no cumpliría cabalmente con sus fines sin
ejercer implacablemente sus funciones de control y autocontrol. Vivimos una
época en que la corrupción se ha transformado en un fenómeno que, si bien no es
nuevo, ha tomado magnitudes que conmocionan a muchas sociedades. Estas son,
afortunadamente, especialmente sensibles ante estas situaciones. El Parlamento
no sólo tiene el derecho sino también la obligación de ejercer hasta sus últimas
consecuencias su función de control. Ante casos de corrupción o irregularidades,
cometidos dentro o fuera del ámbito legislativo, el Parlamento no puede limitar
su derecho y su deber a la investigación.
En algunos casos ha pasado los temas a la Justicia autolimitándose en sus
facultades investigativas y transfiriendo al menos parte de su responsabilidad.
Este hecho, que se ha generalizado, constituye lo que se ha dado en Ilamar la
«judicialización» de los procesos investigativos de la corrupción. No podemos
aceptarla. La fúnción de control ha sido y debe seguir siendo una de las
fundamentales a cumplir por ei Poder Legislativo.
El canal político de la investigación y la denuncia parlamentaria es diferente
al canal judicial. Ambos son necesarios en tanto pueden complementarse abordando
distintos aspectos del problema. Pero yo señalaría también un tercer canal en
los casos en que los implicados en denuncias son actores políticos: ei que debe
procesarse mediante tribunales de conducta en el seno de sus partidos, donde se
consideren aspectos de orden ético no necesariamente relevantes para un fallo
judicial o una decisión legislativa.
Los partidos políticos tienen una altísima responsabilidad en la lucha contra la
corrupción. Por ello su fortalecimiento también es una condición para triunfar
en esta batalla y, sobre todo, para librarla desde el Parlamento. También para
enfrentar a la corrupción necesitamos partidos sólidamente constituidos (o sea,
vinculados a la ciudadania, con claras normas de funcionamiento interno y
financiamiento transparente, con elecciones democráticas de sus autoridades, con
condiciones para la participación y el debate del conjunto de sus adherentes,
con claras definiciones programáticas y normas de conducta, y una adecuada
disciplina que garantice la coherencia de la organización en su accionar
permanente).
Pero, al tiempo que los partidos deben asumir esta responsabilidad hacia su
interior, tienen que evitar la partidización en la lucha contra la corrupción,
que está por encima de los intereses partidarios estrechos: es un problema de la
nación. Buscar dividendos politico-electorales o protagonismos personales en la
lucha contra la corrupción no facillta las cosas. El manejo irresponsable de
hechos y nombres, o cualquier desprolijidad que pueda cometerse durante los
procesos de investigación en el Parlamento, no redundan en favor de lo que, por
encima de todo, buscamos: determinar las responsabilidades y juzgar a los que
cometen actos de corrupcion.
Hay que evitar la generación de expectativas en la población que luego terminan
en desánimo público y frustración social. La democracia no se fortalece y, por
el contrario, puede Ilegar a peligrar, con una sociedad escéptica y frustrada
ante el fenómeno de la corrupción. Sí debemos aprovechar las reservas éticas y
morales que hay en nuestros pueblos para que la lucha anticorrupción avance
realmente. La participación popular ha sido determinante para que varios e
irnportantes procesos en nuestro continente no se diluyeran.
Todos estos planos de la investigación y el combate a la corrupción han de
contribuir a la salud moral y ética de la sociedad. Son elementos coadyuvantes
al fortalecimiento de la democracia. Un Parlamento que rehuya responsabilidades
en esta materia o que no sea capaz de procesarlas prolija y adecuadamente en su
propio ámbito no estará aportando a la sociedad democrática. Estará, en cambio,
contribuyendo a su propio desprestigio.
En momentos en que la relación Parlamento-ciudadanía es tan compleja, tan
crítica, resulta de singular trascendencia que los parlamentanos tomemos
conciencia de que la lucha anticorrupción es uno de los escenarios fundamentales
donde se ganará o se perderá la batalla por el fortalecimiento del Parlamento
como institución en la que está representada la soberanía ciudadana. Hay un
problema de principios: derrotar a la corrupción. Pero hay otro problema de
principios: que en la lucha anticorrupción se fortalezcan las instituciones
democráticas y, en particular, el Parlamento por todo lo que representa como
poder del Estado con facultades de control y autocontrol ampliamente reconocidas
en las constituciones.
Estamos convencidos de que, pese a la complejidad de la batalla, pese al inmenso
poder económico que con frecuencia está implicado en los actos de corrupción,
hay en nuestras sociedades profundas reservas éticas, morales, democráticas que
nos hacen ser optimistas. Debe haber también en nuestros parlamentos la voluntad
política, el coraje cívico y el honor necesarios para dar esta batalla, que en
gran medida ha de librarse en el ámbito legislativo pero en estrecho contacto
con la sociedad civil.
Muchas gracias.
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